Hemos recibido el siguiente texto del correo sarpa-aspidxx@protonmail.com firmado por un tal Opharim Basmuh. Decidimos publicarlo, más allá de ciertas concepciones estéticas similares, porque nos parece valioso su aporte a lo que, en algún momento junto a antimemoria, hemos llamado "antropología liminal", "Xenología", o que aquí llamamos "xenomitología" al ubicar el origen serpentino de muchos dioses no sólo como criaturas mitológicas o estados prepsíquicos o, ni siquiera, metáforas de un kaotismo de sangre fría. Si no entidades xteriores del subtiempo. Pasamos a transcribirlo en su totalidad.
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Ingresas a Ciberia. Los pulsos eléctricos y las respuestas rápidas a enlaces no esperados están perforando tu inconsciente con otra cosa. Algo parecido al despliegue de una kobra.
Mi ser demoniaco que no es mío ni es ser y se expande entre los subtiempos.
He aquí entonces las visiones.
El maquinismo deleuze guattariano nominalmente ha desaparecido. Pero no funcionalmente al ser un signo del campo motriz, la topología del pathos, atravesada de posesiones ejecutadas por fuerzas del xterior.
El chivo, pan, Dionisio y demás aberraciones sexuales son reemplazadas por algo menos reconocible, pero a la vez más reconocible, por sexo no humano. El chivo es todavía demasiado hombre, demasiado humano. Y andamos al acecho de otra cosa que nos acecha.
He aquí que andaba por la selva y me encontré una boa tragándose a un chivo.
Una serpiente negra tratando de devorar mi cabeza.
Y tuve visiones del desierto plagado de poros a través de los cuales podía observarse la interioridad oscura y resplandeciente de la tierra y se me fue dictado morir en un volcán.
Así como vi a cierta raza salir de los abismos estelares y construir ciudades y bases subterráneas. Es debajo de lo que llamamos “nuestro planeta”, que no es nuestro sino de los aliens.
Entonces vi cómo una cobra desplegaba su cabeza y sus aletas craneales como templos fractálicos para inyectarse en mi sistema nerviosos. El sagrado Xterior molecular saturado de veneno.
Y vi cómo un demonio ascendía desde el abismo para provocarnos una alogenia mediante el reemplazo de nuestra columna vertebral con gusanos espinales. Una fusión impensable con el demonio y la masividad puntiaguda del demonio.
Y fui secuestrado por una cadena de mutaciones en que mi cuerpo se rehízo al calor oscuro destructivo de la sangre fría.

SARPA-CIPACTLI
“De lo que se trata es de transformar la Tierra en el cuerpo dentudo, frío y reptil de Cipactli”.
En algunas de sus observaciones, Jung rastrea una “presencia” ajena a las formaciones psicológicas humanas que se manifiesta, en su caso, como símbolo. Sin embargo, esa presencia aún está sujeta a una experiencia del inconsciente: “Cuando la conciencia primitiva enuncia: "serpiente", significa una vivencia de lo extrahumano”. Lo que ahí vive, para Jung, no es la serpiente, a pesar de ser “un ente animado, autónomo”, la presencia aterradora y sorpresiva, sino la psique atravesando una serie de mutaciones. Sin embargo, creemos, como Klossowsky, que hay que mantener la exterioridad: “es preciso mantener la hipótesis de un universo demonológico análogo a las fuerzas que lo poseen (al pathos como tophos), y que se trate cada movimiento del alma como correlativo de algún movimiento demónico. (…) La posesión es un hecho espiritual”. Pero aquí y ahora no nos interesan los movimientos psíquicos atravesando umbrales de alienación o siendo ocupados por potencias exteriores. Si no, digámoslo postirónicamente, la verdad de una cosmogonía salvaje.
Los estudios gnósticos de Jung sobre el teriomorfismo revelan una persistencia de ciertas figuras bestiales, que, para sus intereses, modelan una arquitectura de ascensos y descensos: “Los vertebrados de sangre caliente o de sangre fría, o hasta invertebrados de diversa especie, indican, por así decirlo, grados del inconsciente”. Así, los dragones de la cábala, de las religiones asirias, aztecas, etc. no son sino símbolos de las profundidades mentales, o submentales. Sin embargo, las cosmogonías no sólo señalan hechos de carácter mental, ocupaciones o desfondamientos psíquicos, sino eras geológicas y cósmicas. La religión es una de las puertas a lo inhumano que, obviamente, no es sólo una patología cerebral.
Negarestani se da cuenta. Sus propuestas de Tiamaterialismo “son modelos de participación o alianzas entre la Tierra y el Exterior”, a la vez que una alianza con dragones para liberar a Oriente Medio de la tiranía del Capitalismo Solar. Valga aclarar, el Tiamaterialismo es el materialismo de Tiamat, el dragón del vacío, del complejo () agujero y de la anarquía. La materia como un dragón del caos.
Siguiendo los poemas babilonios es posible, además, rastrear en la muerte y desmembración de Tiamat un mito cosmogónico, el origen cthónico y violento de la Tierra. No es casualidad que la cosmogonía azteca tenga un mito bastante similar para relatar el origen de la Tierra. Cipactli, el lagarto cuya figuración es la de una boca de cocodrilo abierta y dentada, es la figura del monstruo Cthónico que tiene que ser asesinado, y desmembrado, para que pueda ser formada la Tierra.
Estos relatos cosmogónicos, y su extraña coincidencia, son activaciones en la superficie de anomalías o singularidades que, si somos buenos paranoicos, señalan una perturbada “consistencia esquizoide enterrada”, como diría el mismo Negarestani. Todo parece apuntar a que antes de formarse la economía solar de los aztecas (que resuena con la terraformación del mundo, las formaciones sociales y la formación humana), era el tiempo dominado por los monstruos reptiles. Para los aztecas hay una extraña trinidad de deidades femeninas cthónicas del abismo acuático previo a la existencia de la Tierra Mundanizada. Está Tlatecuhtli, la rana gigante hyperdentuda que pare y tritura. Cipactli, la gran boca abierta del cocodrilo-pez hecha de 18 cuerpos (esta gran boca de cocodrilo es la Tierra aterradora y cuyo mito es extrañamente similar al del dragón babilonio del premundo, Tiamat) y, por último y de modo más “formalizado”, Coatlicue, nuestra madre serpiente de dos cabezas (Tonantzin), que emerge o emana de Tlatecuhtli, la rana dentuda. Nótese también la similitud establecida, y prevista ya por Eliade, entre monstruos, entidades femeninas y mandíbulas o vaginas dentadas (no se trata de emascular, sino de morir).
La formación del mundo traza así una ruta evolutiva que va del modo siguiente: rana-cocodrilo-serpiente que culmina con el triunfo de los gemelos serpientes Quetzalcóatl y Tezcatlipoca. El sacrificio de uno de los pies de Tezcatlipoca, la serpiente negra, a estas tres divinidades, ejecutado para que puedan ser “asesinadas” y la tierra sea construida en tanto mundo firme (no líquido sino sólido), establece un enlace sacrificial, de sangre y mutilación, entre esta serpiente de la aniquilación eléctrica, los vientos decapitadores, la negrura, las simulaciones (los espejos negros), la materia y la resplandeciente iluminación tenebrosa. El monstruo es asesinado, dividido en dos, y entre sus dos pedazos, el mundo. Sin embargo, con el advenimiento de los estratos, los monstruos no son asesinados, sino que persisten bajo las formas a través de una regresión sangrienta y un esoterismo de las transmutaciones. Exigen aniquilación desde las afueras del mundo. Así, el sentido evolutivo, sin quererlo, mapea también una ruta de devenires devolutivos que habilitan una gnosis tenebrosa hacia los abismos acuáticos del exterior: devenir serpiente / devenir cocodrilo / devenir viento negro / devenir rana dentuda / devenir obsidiana / devenir monstruo. Son mutaciones ontológicas hacia la disipación en la periferia.
Si se pretende ser más radicales al respecto, el asunto cambia. No se trata sólo de devenires. Sino que es imperativo ser tragado por el Monstruo, ser devorado por un Ser Terrible o la Terribilidad del Ser. Y descender a través de las fauces envenenadas de la serpiente cthónica al Infierno y la Noche subcósmica y extraterrestre (hallada en las “aperturas de la tierra”). Sexo no humano, antinatural, con la vagina dentada de una sirena en los antros volcánicos de una tierra no mundana. Es el acceso al otro mundo, a la materia exterior, a la materia abstracta / abismal. Hemos nacido al revés, hacia los abortos.
Así, en medio de este cthonismo de las monstruosidades líquido-abisales, se perfila un materialismo cipactliano, anterior al materialismo solar de las incineraciones energéticas batailleanas. Si Bataille incinera la economía masculina de la administración, el materialismo cipactliano está un paso más allá o más acá, al otro lado. Se trata de un materialismo en que el abismo líquido, como disipación direccionada, viento negro, es la masividad sagrada que traga y escupe. Materia sanguinaria. Materia dentuda, materia de infinitas bocas que muerden infinitamente. Y se plantea un problema bastante interesante. O el retorno de los reptiles dentudos. O la materia preoriginaria, que se ha situado en las exterioridades de la materia, una materia fuera de la materia, si se quiere. He ahí lo reptil. Una vaporización en los vapores del abismo.
La mariposa de obsidiana ejecuta una posesión con toda la fuerza del xibalba.
Hace viento desde las cuevas, mientras algo ingresa empujando la carne.
Una mariposa roja se posa sobre nuestros cadáveres en putrefacción resplandeciente.
Shhh. La Tierra es un parásito gigante volando lejos de nosotrxs.

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Texto de Opharim Basmuh
Imágenes de matttttt