12 Aug

Se ha dado en llamar “el sol de la invisibilidad” al vórtice no visible que, con malignidad, perturba y atormenta la visibilidad en líneas de deformación. Lo invisible se conoce por la conturbación.  

Otra cosa, sin embargo, la fuerza subterritorial y mítica del sol negro. Lo increado se retuerce bajo la pantalla. 


Mientras los teólogos del zero pretenden mapear la zeroidad como si se tratara de un territorio muerto, la piel abandonada por la serpiente, el sigilkore está susurrando en éxtasis por la venida turbulenta y deformadora del exterior. Huecos masivos.

Lo inmanifestado arde 

Y quema.   


La guerra mágica se desenvuelve fuera de la arquitectura ontológica, en el límite carnicero del pensamiento que se desmiembra en las mandíbulas del xterior, “el desmembrador”. Así, lo demoniaco (el zumbido / el enjambre de moscas-demonio / xenomoscas) en tanto el afuera del afuera, no es funcional ni a esquemas ontogónicos o mitológicos (ya se trate de construcciones conceptuales humanas o esquemas bióticos “universales” que establecen un mecanismo de “funciones” en el sentido de “A es funcional a B”: el demonio es funcional a la vida, la psique, etc. como la muerte puede servir de conducto a nuevas generaciones). De lo que se trata, valga el término, es del trayecto del demonio, más allá de sus fines arbitrarios. De lo demónico en sí, de una rara especie de persistencia en la “negatividad”. 

Al excluirse de los fines, o de las funciones organizativas puede decirse lo que dice Bataille de la materia. El demonio está más cerca de la materia que del universo, a sabiendas de que si se suprime el Universo sólo queda la materia (como habría dicho Kant según Rioja). La noción de materia, por lo tanto, no sólo sufre un trastorno, sino que implica el trastorno mismo como un subsidiario de lo universal. ¿Qué tipo de materia queda? Podría decirse, también, para aclarar el asunto oscuro de por sí, que si se suprime el universo sólo quedan los demonios. 

Es fácil caer en la tentación de asimilar el demonio al no ser. Sin embargo, ¿cómo puede ser algo que no es? Klossowski ya señala el problema, señalando que la existencia del demonio es exterior a la lógica de la no contradicción, existiendo como la impostura misma o la instigación a la impostura: “negar lo que está ahí o afirmar lo que no está ahí”. Lo sobrenatural es, entonces, la impostura misma que subsede a la conformación de cualquier postura. Como dice Borda, satánicamente: “Y así, el misterio nos precede, se opera en nos y nos sigue. El enigma ignora tanto como esconde”. Esa doble enkryptación del enigma, como esconder lo que se sabe, pero también como un no saber, es aquello perfora la existencia. Algo se oculta y se oscurece. 

Las tácticas de guerra del pandemonio que se desplazan en las tinieblas, de algún modo anticipadas en la mitología andina son las siguientes: un despliegue desde el oscuro tiempo presolar, preformal, prevital, subterráneo, que se desenvuelve de modo letal e infeccioso aquí y ahora, saltándose todos los ordenamientos tempo-dimensionales, enfermando, depredando el espíritu e incrustando sus huesos de muerto y la plaga del tiempo oscuro en los organismos vivientes. Como una araña que ha perdido una de sus patas, el tejido supersidiario queda radicalmente alterado por la intervención de las fuerzas extrañas que, aunque elusivas a la percepción, han ya ocasionado irregularidades y anomalías en el espacio tiempo. Las elaboraciones ejecutadas por Gamaliel Churata, que observa estas anomalías, transmutan este fenómeno (en el sentido de anomalía y no de aparición) de las chullpas en relación a un erotismo archivital, ovular y espermático, edípico a fin de cuentas pues no para de relacionarlo a las actividades generatrices de la naturaleza. Así zanja mal y rápido el problema de las tinieblas y lo demoniaco, transformándolo en funcional al fenómeno de crecimiento y expansión orgánica, vegetal y animal, pero dándole un trasfondo tenebroso. 

Sin embargo, es el demonio mismo el que en su doble estrategia de ocultación y no saber, el que se desliga de todo proceso funcional al manifestar en un resto que persiste en lo negativo. Digo “resto”, pero el “resto”, en realidad, es la energía tenebrosa dedicada a la generación y la actividad vital. Porque tal y como lo plantea Saenz es preciso acostumbrarse a pensar en una sola cosa: el mundo es cosa oscura. Los ingenuos adoradores de la vida (que dicen amar el mundo sin amarlo realmente porque el mundo no los ama en absoluto) deberían tomar en cuenta la cruenta sentencia de Nietzsche de La gaya ciencia: la vida es solo un caso de lo muerto.   

Está incinerándose en una oscuridad interior, no centrada, preformal, negativa y consistente.  

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